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Noche de fin de siglo de Teresa Vazquez

En la noche de fin de siglo, en el marco de una casona del Prado, la historia se inaugura con el asesinato de una desprejuiciada y hermosa mujer. Lo que comienza siendo un thriller se convierte rápidamente en un texto más complejo, sin perder la tensión creada por la expectativa que recorre toda la novela.
La fina pintura de caracteres devela la psicología de los varones del patriarcado y por detrás de las historias privadas se insinúa un complejo momento histórico del Uruguay novecentista.
A través de una tersa escritura Teresa Vázquez plantea y cuestiona el costo de la
libertad y el conflicto entre la venganza y la justicia.

Noche de fin de siglo

Después de la tragedia sólo hablaba de su abuela, señor Carlos, de sus viajes con ella, de su juventud, del nacimiento de los hijos, de la señora Mariamelia, de usted. Vivía en el pasado, ¿sabe? Y su tío Felipe, en mala hora, tomó las riendas de los negocios. Le venía con historias: que ya tenía una pista, que estaba cerca la hora de encontrar al asesino, ajusticiarlo. Necesito dinero para untarle la mano a los que tienen alguna información, dicen que hay uno que lo vio salir de la quinta, y el viejo le firmaba cualquier cosa. El día en que yo traté de abrirle los ojos a su abuelo, porque me daba lástima ver cómo vendía todo lo que había en la casa poco a poco, su tío me despidió en el acto. Y, sí, el pobre viejo ya estaba en otro mundo.
Masticando los restos amargos de las muertes padecidas, el viejo pasaba el día y a veces la noche sentado en la mecedora y cuando la muerte, después de haberlo buscado por toda la casona silenciosa y casi abandonada, dio con él, él ya era parte del vaivén interminable.
Apenas Laura y Pablo llegaron, el abuelo los abordó y preguntó a su hija: ¿cómo está el chiquilín? No está nada bien, pobrecito. ¡Imagínese! No ha abierto la boca y si uno le pregunta, no contesta. No quiere comer, hay que obligarlo, ¡qué horrible diosmío!, y se echó a llorar.
Cuando Victoria al entrar a la sala intentó sentarse en la mecedora, el abuelo le dijo terminante: no, ahí no. Nadie va a sentarse en ella nunca más. No mientras yo viva.
Las personas del servicio llamadas a declarar, pasaban a la sala y se acomodaban de pie a su entrada. Pablo se atrevió a sugerir: he hablado con su hija y creo que debemos llevarnos al niño con nosotros a Francia. Piénselo, puede ser lo mejor para él. El padre está de acuerdo. Lleva ya tres días en un estado lamentable que atenta contra su salud física y mental, señor. El abuelo murmuró: ya veremos. Se puso de pie y dijo al juez –que acompañado por el comisario y dos oficiales se disponía a tomar declaraciones–: aquí nos tiene a todos señor juez.
Fruncir un poco el bigote y moverlo hacia un lado del rostro, serio e importante, era el gesto de contento y alegría que abuelo hacía siempre que madre le prestaba especial atención o le hablaba o le pedía, o le contaba algo. ¡Por favor papito!, le decía enojada riendo muy seria: no es un fin de año cualquiera, es fin de siglo. ¡Mañana es mil novecientos!, ¿te das cuenta? Mi papito no puede presentarse en la fiesta con tanto invitado importante que tenemos, de bombachas y de botas y con el pañuelo de todos los días en el cuello, porque yo no quiero. Y Carlitos reía del movimiento del bigote de abuelo especialmente dedicado a él, y el viejo protestaba sin convicción y exclamaba: ¡yo no voy a disfrazarme, carajo!, mientras dejaba que madre le atara una moña sobre el cuello y pechera almidonados obligándolo a mirarse al espejo. Abuelo tiraba de uno de los lazos y la moña se deshacía y él movía los bigotes y exclamaba: ¡magia!, ¡magia!, esta cosita boba no quiere estar conmigo y madre se enojaba tanto y reía con el hijo comentándole: Tengo un papá payasito, ¡qué barbaridad! Con esto así, protestaba resignado golpeándose el blanco impecable y duro como piedra, parezco una vaca lechera, y madre seguía riéndose de él con Carlitos que saltaba sobre la cama enorme de abuelo, y madre jugaba al torero con la chaqueta negra de tela finísima y cantaba: ¡olé!, ¡olé!, ¡venga para acá ese toro grandísimo y peligroso que yo he de clavarle la chaqueta como una banderilla!, y el niño reía y el abuelo bajaba la cabeza y arremetía la chaqueta, y después, cansados de reír, mamá peinaba suavemente el cabello blanco, ¡ay papito!, ¡qué elegante! No me había vestido así desde que perdimos a tu madre.
Apenas oyó la entrada del primer coche, Carlitos dejó la habitación de abuelo, corrió por el largo pasillo de madera lustrada, y subió las escaleras hasta el mirador. Por el sendero rodeado de árboles, cedros, robles, encinas, raras especies que llegaron un día de muchas partes lejanas del mundo, o que desde aquí lo parecían, para conocer nuevos suelos y arraigar, entran los carruajes con los invitados. Fin de siglo entre amigos y la familia en pleno. Llegan a la casona –elegante, lujosamente vestida bajo especialísimo despliegue de finezas esa noche–, el landau suntuoso de la tía Eugenia, con su marido e hijos a bordo, una Victoria, el cupé del doctor José Pedro, el break alegre del tío Andrés, sonriente, encantador, siempre tan cariñoso con él y con madre.