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El llano en llamas de Gustavo Martínez

Gustavo Martínez vuelve al mundo rulfiano, esta vez a través de sus cuentos, aunque la presencia de la gran novela, Pedro Páramo, está siempre vigente en el análisis. Siempre con su estilo incisivo y apasionado, el crítico redondea una visión intensa y completa del universo del autor mexicano que es también el de su país.
...el Llano es un ámbito sin tiempo y sin Historia. Nada pasa y cuando algo sucede, nada cambia. El hombre y sus actos son como esa gota de agua que se menciona en "Nos han dado la tierra "y que lo único que deja al caer es "una plasta como la de un salivazo ". Imagen perfecta si las hay de lo que vale la existencia allí. No en vano abre Rulfo su libro con ese cuento. No podía haber mejor umbral para su obra. Muestra el momento en que el tiempo se vuelve fatalidad. Aquel en que a los deshechos de la historia se les concede lo único que pueden poseer: los detritus de la tierra. Lo demás es... Luvina.
Gustavo Martínez, prestigioso profesor de la educación pública y privada, en especial en el Instituto de Profesores Artigas donde desarrolló una larga trayectoria, es también un enjundioso ensayista. El presente trabajo fue precedido en esta editorial por la publicación de Julio Cortázar: lo fantástico como provocación (2007) y Juan Rulfo: Perspectiva mítica y técnica narrativa en Pedro Páramo (2008).

La novela como mito1.

Una narración hecha pedazos, un héroe que se desmorona "como si fuera un montón de piedras"1, un gotear incesante de murmullos inconexos... Tanto en lo semántico como en lo estructural, la novela de Rulfo refleja y recrea la crisis global de un mundo y de los mitos que lo sustentaban. No habla de ella, sino que la incorpora a sí misma, convirtiéndola en principio rector y estructurante del que toma su forma y extrae su sentido. Parafraseando a E. Sábato, no es una novela de la crisis, sino la crisis hecha novela2. La ruptura que entraña con la narrativa tradicional, vigente en gran medida todavía en la literatura hispanoamericana de entonces (1955) no es producto solamente de una postura estética, sino de una toma de conciencia del naufragio de todo un modo de ver al mundo y al hombre.
Al asumir de manera tan radical esa bancarrota cultural y social, el novelista la traslada a su vez a la relación del lector con la obra, poniendo en crisis también la lectura misma. Una novela que únicamente tematizara la crisis, sin dejarse configurar (o descoyuntar) por ella, estaría falseándola y protegiendo al lector de ella. En cierto modo, la negaría al presentársela como objeto, es decir, como algo ajeno, exterior a él, de la que puede participar vicariamente y sin riesgo gracias a la mediación del autor, que se la entrega ya elaborada (domesticada) en formas consagradas, las que de este modo adquieren un estatuto de validez universal inmune a la crisis, por cuanto la estructuran.
Rulfo optó, en cambio, por la vía más incómoda, la auténtica, que fue la de hacerle vivir al lector la debacle, privándolo de los carriles novelescos habituales. Éste se encuentra así arrojado sin misericordia alguna a la intemperie de una novela que es también la de su mundo.
La crisis se hace novela. La novela es la crisis. Y leerla es involucrarse. No es ver a Juan Preciado, es andar con él, a tientas, entre sombras y murmullos. Y así como él se molesta con su madre porque le habló de una Comala inexistente, así también se irritaron y se irritan muchos lectores con ese escritor de una novela que en nada se parece a lo que normalmente se entiende por tal.
Sin embargo, si atendemos a los materiales empleados por Rulfo, nada puede ser más tradicional y trillado: un cacique abusivo, un pueblo hundido en la opresión y la miseria, un hijo en busca de su padre, una historia de amor imposible. La quintaesencia del Regionalismo con algún ingrediente romántico. Justo lo que precisaba para provocar esa sensación de extrañamiento de lo conocido que era imprescindible para, defraudando las expectativas del lector, hacerle experimentar vivamente la crisis de un mundo (que es también el suyo) y de las técnicas narrativas que lo habían expresado hasta entonces.

1 Pedro Páramo, Cátedra, Madrid, 1984, pág. 195. En adelante, PP.
2 Cfr. Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas, Seix-Barral, Barcelona, 1979, pág. 29.