INTRODUCCIÓN
El colonialismo es un fenómeno que se define por la dominación política, económica y cultural de un pueblo sobre otro(s). Su funcionamiento promueve jerarquías y exclusiones, prácticas asimétricas de dominio y subordinación que marginan sectores de la sociedad habilitando sucesivas transformaciones en su universo simbólico.
A fines del siglo XVIII el reordenamiento de la situación internacional hizo que las colonias españolas en el continente americano se sintieran radicalmente afectadas. Es, justamente, en el escenario de bienes simbólicos que favorecen la construcción o el mantenimiento de la hegemonía imperial, donde los discursos y las narrativas que enaltecen su misión frente a los pueblos colonizados, disfrutan de un lugar de privilegio.
Entre las tensiones propias de comienzos del siglo XIX –decadencia del colonialismo hispánico, cruce y superposición de poderes imperiales, auge de los movimientos independentistas, transición entre viejo y nuevo orden–1 el discurso periodístico propone una combinación de significados y un juego de fuerzas que no en todos los casos concuerdan entre sí. Por este motivo, entre otros, se constituye en un campo2 ideal para interrogarse –en la línea "de una tradición de lectura de la tradición no complaciente"3– acerca de los diferentes sentidos que se asignan, desde el presente, a los hechos del pasado. Y es útil, en consecuencia, para analizar las tensiones y disputas que tales asignaciones conllevan. Debe tenerse en cuenta que se trata de un tiempo otro, vivido y pensado desde códigos ideológico-culturales que no tienen por qué asimilarse, en todos los casos, a los nuestros de hoy. Volveré, en el devenir de este trabajo, a hacer visible el lugar presente desde el que toman forma mis interrogantes.4
En aquellos años, la situación de las metrópolis en el espacio colonial ultramarino habilitaba la escenificación de distintas luchas de unos sectores que intentaban desalojar a otros. Cada vez más era indispensable legitimar la apropiación territorial a través del saber y la escritura.5 Por las páginas de diferentes medios de prensa del período colonial hispanoamericano circularon representaciones fieles al poder vigente –los intereses de la corona española– que podían amparar y bendecir o, por el contrario, excluir, desconocer, estigmatizar.6 Temas, imágenes y obsesiones se ocultan o manifiestan en las estrategias del discurso7 y en los escritos de los hombres, carcomidos en su interior por los desafíos que enfrentaban sus intereses y sus deseos.8 Un lento proceso de diferenciación entre españoles peninsulares y españoles americanos o criollos, hace eclosión en el movimiento independentista y resulta demostrativo de las posiciones del sujeto colonial y de los lugares de la producción simbólica.9 Ya que todo texto se organiza sobre la base de estrategias (ideológicas, sicológicas, estéticas), y presuponiendo que existe una relación entre forma y función, este trabajo intenta tener una mejor idea de qué se quiso hacer, cómo y para qué, incluso para pensar y enfrentar problemas nacionales aún vigentes.
1 Me interesa, en este comienzo, recuperar la sugerente noción de "descolonización del saber" que propone Walter Mignolo (2002). Según este crítico la "descolonización" político-económica de las repúblicas hispanoamericanas ocurrida a finales del siglo XVIII y principios del XIX "se pensó a partir de las categorías de pensamiento que acompañaron la colonización de los países que se descolonizaban, sin cuestionarse para nada la descolonización intelectual". De esta manera "la colonialidad tanto del poder como del saber, sería un fenómeno de doble cara (…) que debe ponerse de relieve. Los proyectos que lo hagan –concluye el crítico– serán proyectos descolonizadores, proyectos de descolonización del saber" (2-3).
2 En el sentido que le da Bourdieu (1983), de sistema regido por sus propias leyes, que se mantienen o se transforman por los enfrentamientos entre las fuerzas que lo constituyen. 3 Leer "contra el grano" llama Hugo Achugar (1997) a esta opción crítica que, desde diferentes modalidades, rechaza una tradición de lectura para instalarse en otras que se oponen a la lectura hegemónica (viii). En más de un sentido esta idea y la anterior, de Mignolo, se cruzan con la lectura "descolonizada" que propone Said, cuando en su Orientalismo intenta sacar a luz los códigos por medio de los cuales, en el marco del imperialismo, Occidente leyó a Oriente durante el siglo XIX.
4 Si bien no atiendo la complejidad –la ficción– de una concepción lineal del tiempo, el tema subyace en mi trabajo, por lo que dejo sentadas algunas opiniones que interpelan las distintas temporalidades. Guillermo Wilde (2003) previene contra el anacronismo de leer la realidad antigua en la clave política y territorial de las modernas naciones, porque, dice, "puede generar una imagen excesivamente simplificada sobre el pasado colonial de la región" (2). Appadurai, por su parte, señala las dificultades que plantea la idea de que el pasado sea un recurso ilimitado y plástico (2001). Como vemos, si por un lado es enriquecedora la opción de releer y reinterpretar discursos antiguos desde y para este tiempo, no deja de resultar un manejo arriesgado y problemático. Por eso, me parece ineludible la opción de Carlos Guzmán Moncada, cuando propone que ya que es imposible "soslayar nuestra posición ideológica e histórica al leer las obras del pasado, tampoco es deseable ignorar la posición desde la que otros han efectuado sus lecturas" (5). En todos los casos es interesante subrayar la naturaleza agudamente ideológica de las operaciones que fijan la imagen del pasado "y diseñan la ruta que conduce, desde él, hasta el presente, nuestro presente" (Cornejo Polar, 15). El presente nos compele a reconsiderar aquellos viejos problemas. Es importante revisar las culturas imperiales pasadas, precisamente porque existen ciertas continuidades fundamentales para comprender la constitución de nuevas formas de gobernabilidad global. Cfr. Ricardo Salvatore (13-18). Como se irá viendo, mi trabajo no intenta disimular la ideología y las opciones que lo atraviesan, y tiene siempre en cuenta que las narraciones del pasado pueden exponer posiciones enraizadas con el presente.
5 Al respecto es interesante el tratamiento de categorías como "territorio" e "identidad", en las que aparecen escrituras organizadas desde el poder de la letra. Graciela Montaldo analiza el lugar de los textos que cumplen la función de imaginar territorialmente, delineando como real lo que vendrá (2004).
6 La aparición de la imprenta en América se vio sujeta a diversas trabas, permisos y monopolios. Las disposiciones prohibitivas que reglaban la producción impresa y el comercio de libros, alcanzaban a los talleres impresores que reiteraban inscripciones del tipo: "Con superior permiso", "Con privilegio", "Con licencia". De ahí el pavor que infundió la aparición de la primera imprenta montevideana. Ver Canter (1948: xxix).
7 Foucault (1985b) propone un análisis de las estrategias discursivas y de las elecciones teóricas que han determinado grandes temas como el poder. Dichas estrategias resultan, entre otras cosas, de ciertas modalidades de enunciación. Entre ellas me interesa, particularmente, lo referente a la posición deseante del sujeto enunciativo (105-116).
8 Años después el psicoanálisis descubrirá, en el discurso, la articulación de un deseo constituido de un modo diferente del que revela la conciencia.
9 Aunque en términos de lengua, religión y educación no se distinguieran, el hijo de un peninsular jamás llegaba a ser un español auténtico (Anderson, 91-92). Así existía un sector "excluido del poder político pero no de todos los privilegios", eran los criollos, "las elites descendientes de españoles nacidas en el continente, que tenían aspiraciones políticas pero no derechos". Éstos cada vez más mostraban su inquietud "ante las grandes posibilidades de ejercer un protagonismo político en sus propios territorios" (Montaldo, 21-26).
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